Elegimos vinos como armamos playlists

Ya nadie entra a una disquería en busca de un disco completo, eso ha quedado en el pasado. Hoy entramos a Spotify. Sin vueltas, sencillo y al instante.

Con el vino está pasando lo mismo. Claro está que ha sido el consumidor quién ha avanzado ligeramente hacia esa dirección y que la industria del vino, más rezagada, aún mantiene vestigios de un pasado al cual deberá dejar de aferrarse para no seguir perdiendo terreno con otras bebidas.

Hoy no pensamos tanto en denominaciones, suelos, ni fichas técnicas eternas. Pensamos en momentos. Queremos un vino para el asado con amigos o que acompañe el domingo de pastas con la familia, un vino para una noche de charla en una terraza, un vino para escuchar música con auriculares, un vino para una cita que no sabés cómo va a terminar, un vino para cuando necesitás bajar un cambio.

El futuro del vino no se parece a una biblioteca silenciosa. Se parece a una playlist armada a las apuradas, pero con onda.

Durante años nos hicieron creer que el vino era cosa seria, para unos pocos elegidos. Que había que saber, que había que estudiar. Que si no pronunciabas bien una cepa, era mejor callarte. Que si no tenías una copa ni se te ocurriera descorchar.

Quizás ahí estuvo el problema. Porque esta generación no quiere rendir examen, quiere pasarla bien. La mayoría ya no pregunta ¿De qué terroir es? ¿Qué tipo de fermentación tiene? Hoy pregunta ¿Está rico? Y “está rico” no significa perfecto. Significa que el paladar lo acepta, que es agradable, que acompaña, que suma.

Hoy elegimos el vino como armamos la playlist. Lo elegimos para previa, para comer algo simple, para festejar, para estar solos, para compartir. No buscamos “el mejor vino del mundo”, buscamos el vino justo para ese momento. Y eso cambia todas las reglas, esas a las que la industria del vino deberá prestar atención si no quiere continuar relegándose.

Es por eso que resurgen los vinos blancos y rosados frescos, toman vuelo los “livianitos” Pinot Noir. Por ese motivo explotan los vinos naturales, los naranjos, los raros, los que no piden permiso. Son como bandas under. No suenan impecables, no siguen fórmulas, pero tienen algo que te atrapa. No prometen perfección, prometen identidad. Y hoy la identidad vale más que la prolijidad.

Antes el vino se ordenaba por estantes, por regiones, por categorías. Hoy debería ordenarse por emociones. Si el vino fuera una app tendría playlist que dirían: “Para asado con amigos”, “para primeras citas”, “para noches largas”, “para leer”, “para pensar”. Seguramente funcionaría mejor que cualquier descripción técnica.

No es que los jóvenes no respeten el vino. Es que dejaron de tenerle miedo. Lo toman frío, con hielo, en lata, en vaso, en copa, como quieran. Lejos de “matar al vino”, esto lo devuelve al lugar original. Lo lleva a ser una bebida para disfrutar, no para impresionar.

El vino no necesita parecer moderno, necesita ser cercano. Necesita dejar de hablar difícil y empezar a hablar de sensaciones. Nadie se enamora de una fermentación alcohólica o maloláctica, nadie recuerda una acidez. Recordamos momentos, personas, risas y charlas que se alargaron. Y muchas veces, en el medio, había una copa.

El futuro del vino no va a estar dominado por los que más saben. Va a estar dominado por los que más se animan a sentir. Por los que dicen “No sé mucho de vino, pero este me encanta”. Y eso en realidad, es saber bastante.

 

Facebook
Twitter
WhatsApp
Email
Imagen de Bruno Zani
Bruno Zani

Sommelier y periodista especializado en el mundo del vino.

error: